
Sorprendido, Marc se encogió de hombros y la siguió.
La suite que ocupaban Henry y su niñera estaba en la sexta planta. Marc llamó a la puerta una vez, esperó un momento y luego volvió a llamar. La puerta se abrió de inmediato.
El instinto de cualquiera que entrase en aquella suite sería mirar por los enormes ventanales porque la habitación tenía una extraordinaria panorámica del puerto de Sidney y del edificio de la Ópera, pero para Tammy no tenía ningún interés. A ella sólo le interesaba Henry y entró en la habitación sin esperar que la invitasen.
¡El niño era exactamente igual que su hermana!
Lara, de pequeña, era preciosa. Bueno, siempre fue preciosa. Era una niña morena con unos ojos castaños que parecían ocupar toda su cara. Y una sonrisa con la que podría iluminar una habitación entera.
Y Henry era exactamente igual. La diferencia era que el niño no sonreía. Estaba sentado en su moisés, mirando hacia la ventana. Tenía unos ojos enormes, pero en su rostro no había ni rastro de la sonrisa con la que Lara parecía haber nacido.
Cuando Tammy y Marc entraron en la habitación volvió la cara, pero no pareció entusiasmado por la visita.
Parecía un niño que no tenía a nadie.
La televisión estaba puesta a todo volumen. Y no había un solo juguete en el moisés.
Por Dios bendito…
Tammy dejó caer la mochila y tomó a Henry en brazos. Al enterrar la cara entre los rizos de su sobrino y respirar el delicioso olor a niño pequeño se le encogió el corazón. Hasta aquel momento lo que Marc le había contado era como una fantasía, pero entonces se hizo real.
Y, por primera vez en muchos años, se puso a llorar.
El niño no respondió. Su expresión no cambió en absoluto y permanecía rígido entre sus brazos.
Tammy intentó controlarse. Marc la miraba sin saber qué hacer y la niñera… la niñera no debía tener más de dieciocho años.
