
No se atrevía a interrumpirlo por lo que continuó en silencio.
– Todo iba bien al principio. Una compañía en Londres se interesó y aceptó proporcionar la inversión necesaria para iniciar el proyecto. Cuando estaba a mitad de las negociaciones para comprar la propiedad, de forma repentina decidieron enviar a una de sus ejecutivas para «supervisar» los arreglos -su voz se endureció al continuar-. Esa mujer se entrometió en asuntos que no le importaban. Puso todo de cabeza, en especial a mí y antes de que yo supiera lo que sucedía, los dueños de las propiedades anularon el acuerdo. ¡Ese fue el fin de mi asociación inglesa!
Asió la estatua de bronce de un golfista que tenía sobre su escritorio y le dio vueltas en sus manos como si recordara su frustración.
– Si hubiera sido otro proyecto… pero el hotel Galloway es muy importante para mí. Es un sueño que he tenido desde hace algún tiempo y sé que puede funcionar. También sé que he encontrado la ubicación perfecta y no voy a rendirme -dejó la estatua sobre el escritorio y miró a Skye.
– Pude convencer a todas las partes de nuevo y dependo de la obtención de capital extra de una compañía de Edimburgo. Estoy seguro de que comprenderá que no puedo arriesgarme de nuevo empleando a otra inglesa.
Skye se movió inquieta consciente de que estaba fuera de lugar en ese despacho. Tan masculino, decorado con sobriedad, sin ninguna concesión a la frivolidad. En medio de todo eso ella estaba sentada como una mariposa, una vibrante pincelada de color, con sus pendientes oscilantes, muy cálida, muy llamativa e innegablemente femenina.
