
– No hay forma de decir qué harás cuando se te mete una idea en la cabeza -fue el sincero comentario de Vanessa-. El problema contigo, Skye, es que no haces las cosas a medias. A ti nunca te gusta un hombre sino que pierdes la cabeza por completo por él. Te enamoras y desenamoras, y siempre del tipo equivocado. Lo que necesitas es enamorarte de verdad.
La imagen de Lorimer apareció en la mente de Skye antes de que ella la apartara con firmeza. Estaba enamorada de Charles, por supuesto que sí. Cerró sus ojos y trató de conjurar su imagen, pero sólo veía el rostro austero de Lorimer con su expresión irónica y su boca severa aunque excitante.
Abrió los ojos y frunció el entrecejo. No quería pensar en Lorimer. Quería pensar en Charles, y de pronto sintió pánico al comprender que no podía recordarlo. Sabía que era apuesto, mejor parecido que Lorimer, pero de pronto todos los detalles de su apariencia se desvanecieron de su mente.
¿Y qué importaba? Lo importante era que lo amaba. Ya había decidido mostrarse fría para que Charles nunca adivinara que él era la única razón de su estancia en Edimburgo y ahora tenía la excusa perfecta. Él entraría en la oficina y en lugar de la chica loca que conoció en Londres, la vería como la secretaria discreta y eficiente de Lorimer, fría, sofisticada, dedicada a su trabajo… y se enamoraría de ella. Mientras tanto, le demostraría a Lorimer Kingan que no era tan tonta como él creía. Sería la mejor secretaria que hubiera tenido y lo impresionaría tanto con su tranquila competencia, que se olvidaría de que ella era inglesa.
Convencida por ese cuadro color de rosa que serían los próximos tres meses, Skye estiró los brazos contenta y sonrió a Vanessa de forma angelical.
– No te preocupes, Van, todo va a salir bien. Puedo sentirlo, en mis huesos. El amor está en camino.
El lunes por la mañana, Skye salió muy animada. Era un día de principios de octubre y el aire llevaba el aroma distintivo del otoño. Contenta, se dirigió a la parada del autobús.
