
– Quizá no -aceptó Lorimer con cierto humor. Skye esperaba que no la imaginara vestida con un traje gris-. Sin embargo, estoy seguro de que alguien con sus aptitudes y experiencia no necesita que yo le diga que se requiere mucho más que saber escribir a máquina para ser una secretaria -ahora definitivamente se mostraba sarcástico-. También tiene que reflejar la imagen de la compañía. Mis clientes son muy conservadores y sé que se mostrarían cautelosos si de pronto se encontraran con alguien tan luminoso como usted. Tendríamos que repartir gafas de sol en Recepción para evitar que se deslumbraran al verla.
– Usted no parece deslumbrado -señaló Skye con acritud. Esa entrevista sería más fácil para ella si lo estuviera.
– ¡Ah, pero yo soy un hombre difícil de impresionar! -señaló Lorimer.
¡Podía repetirlo! Skye todavía no estaba lista para rendirse.
– Me vestiré de gris, entonces.
Las arrugas en la comisura, de la boca de él se profundizaron para formar algo parecido a una sonrisa.
– ¡No podría exigirle tal sacrificio!
Ella se apresuró a asegurarle de nuevo:
– Sinceramente, no me importaría. Me mostraré muy tranquila y vestiré lo que usted desee. Sus clientes ni siquiera se fijarán en mí.
Lorimer la miraba. Sus pendientes en forma de pericos llenos de color, colgaban entre los rizos y rozaban sus mejillas.
– Usted no es el tipo de chica que pasa inadvertida -le dijo con sarcasmo en la voz, que se convirtió en diversión. Skye no sabía si molestarse ante su negativa, tomarla en serio o sentirse intrigada por el fugaz atisbo de calidez que alteraba su expresión e indicaba que existía un hombre inquietante y atractivo baje ese exterior formidable.
Nada iba de acuerdo al plan. La carta de Lorimer invitándola a la entrevista había sido tan alentadora que se convenció de que obtener el trabajo era una conclusión inevitable. Vanessa le había señalado que cualquier hombre de negocios que mereciera tal nombre, desearía alguna prueba de que la solicitante al puesto de secretaria, era todo lo que afirmaba, pero Skye había ignorado la idea, segura de que todo lo que tendría que hacer era sonreír y estar guapa. Ahora le parecía que Vanessa tenía razón.
