
– El anuncio decía que usted desea a alguien para trabajar durante tres meses -Skye lo había solicitado por ésa precisa razón. Podría probar que podía obtener un empleo adecuado, pero no quería probarlo durante demasiado tiempo. Tres meses le parecían más o menos bien.
– Así es -dijo Lorimer-. Catriona, que ha sido mi secretaria durante los cuatro últimos años, ha tenido que dejar el trabajo antes de lo que planeaba porque espera un bebé y los médicos le han recomendado reposo absoluto. Otra empleada, Moira Lindsay, va a hacerse cargo hasta que vuelva Catriona, pero Moira no puede incorporarse hasta enero. Por eso necesito a alguien hasta entonces. Serán sólo tres meses.
– Eso me conviene -Skye lo miraba esperanzada. Si Charles no había descubierto para Navidad que estaban hechos el uno para el otro, nunca lo haría. Pero lo descubriría, se recordó Skye. Tenía que ser positiva.
– Usted dice que desea cambiar de dirección. ¿Por qué no se buscó otro empleo en Londres?
– Quería algo nuevo -dijo Skye-
– ¿Así que vino a Edimburgo?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Ya se lo he dicho -estaba un poco molesta-. Quiero iniciar una nueva vida.
– Sí, pero yo le he preguntado por qué precisamente en Edimburgo -dijo entre dientes Lorimer-. ¿Por qué no en Cardiff o Penzance o Manchester o cualquier otro lugar?
Skye vaciló, preguntándose qué diría si ella le contara que la razón medía un metro ochenta, era devastadoramente apuesto y respondía al nombre de Charles.
Lorimer esperaba una respuesta con la cabeza inclinada y Skye lo miró; contenta de poder observarlo sin que la penetrante mirada de él la perturbara. El ángulo de su cabeza enfatizaba los severos planos del rostro y la fuerte nariz. Su boca era severa; decididamente, no era del tipo sentimental. Nunca comprendería lo de Charles. Lorimer Kingan no parecía el tipo de hombre que tuviera tiempo para el amor; entonces miró su boca y la asaltó una duda… Él no amaría con facilidad pero si lo hacía…
