
– ¿Bien? -la voz impaciente de Lorimer interrumpió sus pensamientos.
– ¿Bien?
– Le he preguntado por qué eligió venir a Edimburgo -expresó Lorimer con exagerada paciencia-. ¿Se trata de un secreto de estado?
Skye se sonrojó.
– Yo… quería alejarme de Londres por un tiempo -improvisó, si hubiera sabido que él iba a hacer ése tipo de preguntas, se habría preparado.
– ¿Por qué? -insistió.
– Por razones personales -respondió Skye. Esperaba que así la dejara en paz, pero no fue así…
– Supongo que se trata de problemas de hombres -la revisó de forma crítica y ella, cautelosa, le devolvió la mirada.
– ¿Por qué piensa eso?
– Porque parece del tipo de chica que yo invariablemente asocio con hombres o problemas, o con ambos.
Skye consideró negarlo, pero la franqueza la forzó a aceptar que no sería muy convincente. La verdad era que sus problemas tenían que ver con un hombre, aunque no podía imaginar cómo lo había, adivinado Lorimer Kingan.
A veces su vida parecía un gran lío… pero todo eso iba a cambiar ahora que había conocido a Charles. Sólo tenía que permanecer en Edimburgo para que él pudiera darse cuenta de lo mucho que ella había cambiado.
¡Si no le hubiera dicho que trabajaba para Lorimer Kingan! Ahora se había metido en más problemas y tenía que persuadir a Lorimer de que le diera el empleo. La alternativa era demasiado horrible para, considerarla: no podía contarle a Charles que había mentido y regresar arrastrándose a Londres. Siempre tendía a la exageración y Skye se imaginaba sola y consumiéndose en alguna buhardilla, olvidando que tenía una familia que la adoraba y un amplio círculo de cariñosos amigos que no permitirían que se consumiese en una buhardilla.
Si ella no obtenía ese empleo, se moriría con el corazón destrozado y todo sería por culpa de Lorimer Kingan.
– Vine a Edimburgo para estar con una amiga -asumió una expresión abnegada-.
