
Skye se sentía complacida con su historia, pero Lorimer no se conmovió.
– Un comportamiento admirable -le dijo con esa inflexión irónica tan típica de él-. Estoy conmovido pero me temo que voy a tener que desilusionarlas a ambas, a usted y a su amiga.
– Pero, ¿por qué? -los ojos de ella estaban muy abiertos y azules ante su tono concluyente. Él debía tener un corazón de piedra o no se había creído una sola palabra.
– Con sinceridad, señorita Henderson, es usted bastante inadecuada para el trabajo -Lorimer echó su silla hacia atrás y se puso de pie moviéndose inquieto hacia la ventana para mirar hacia las casas georgianas al otro lado de la calle-. Le pedí que viniera porque me impresionó su curriculum vitae y porque pensé que usted sería escocesa. Tengo que decirle que si hubiera sabido que es inglesa, no la habría llamado. Es usted inglesa, ¿verdad?
– ¿Importa? -preguntó Skye cautelosa.
– Sí, señorita Henderson, sí importa.
– Soy medio escocesa -pensó con rapidez.
Lorimer se volvió y la miró con un gesto en la boca.
– No lo parece -rodeó el escritorio hacia ella. Parecía muy alto y poderoso con la luz a su espalda y ella se sintió en desventaja al estar sentada. Era más fácil cuando él también estaba sentado porque con su traje convencional y la corbata tenía el aspecto de un hombre de negocios, quizá formidable, pero un hombre como muchos otros. Ahora tuvo una impresión muy diferente de él: parecía… salvaje. Skye no conocía a nadie como él y muy dentro de sí sintió una respuesta instintiva. No podían ser más diferentes; sin embargo, ella también era un espíritu libre, impulsivo e imprudente.
