Por un momento sus miradas se cruzaron; entonces él le levantó la barbilla con una mano y la forzó a mostrar el rostro.

– ¿Qué mitad suya es escocesa, Skye Henderson? A mí no me parece muy escocesa -ella sentía los dedos contra su piel, eran fuertes y cálidos. Él continuó, todavía mirándola con los ojos entrecerrados-: No, no creo que sea usted escocesa. Es usted muy bonita, muy frívola y muy inglesa.

– ¿Qué… importa eso? -se quedó sin aliento cuando la liberó y retrocedió.

– Se lo diré -Lorimer se acomodó sobre el escritorio y cruzó los brazos-. ¿Sabe usted lo que hacemos aquí en Kingan Associates?

– Algo que tiene que ver con el golf -expresó cautelosa mientras observaba las asombrosas fotos sobre la pared. Lorimer siguió la dirección de su mirada.

– Muy perceptiva -no se molestó en disfrazar el sarcasmo en esta ocasión-. Diseñamos y construimos campos de golf -le informó-. El golf, como muchas otras actividades de placer, es en la actualidad un negocio floreciente -hizo una pausa para tomar aliento y continuó-: Hay mucha demanda para construir nuevos campos. Al mismo tiempo, los granjeros producen menos y dejan su tierra de cultivo libre para otros propósitos y ahí es en donde nosotros entramos. Durante los años pasados, compramos tierra que de otra forma se quedaría sin cultivar y construimos nuevos campos por toda Escocia.

Skye pensó que él tenía una voz muy agradable. No tenía un acento marcado, sino esa suave entonación escocesa tan agradable al oído, más suave y cálida que las voces inglesas a las que estaba acostumbrada.

– No entiendo qué tiene eso que ver con que yo sea inglesa… medio inglesa -se corrigió con rapidez.

– Nada -la voz de Lorimer era cáustica-. Estoy tratando de explicarle por qué no tengo confianza en usted para este trabajo -observó antes de continuar-.



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