
– ¿Qué haces?
Ella se estremeció al escuchar la voz de Saxon, pero no dejó de escribir. Tenía un aspecto pálido y cansado. Saxon esperó que ella sintiera tan sólo una fracción de lo que él estaba pasando en aquellos momentos.
– Te he preguntado qué estás haciendo.
Anna firmó el papel y, tras ponerle la fecha, se lo entregó a Saxon.
– Aquí tienes -le dijo. Evidentemente, estaba realizando un enorme esfuerzo por mantener la voz tranquila-. Ahora no tendrás que preocuparte por una demanda de paternidad.
Saxon tomó el papel y lo examinó rápidamente. Después volvió a leerlo con más atención y creciente incredulidad.
La nota era breve y concisa.
Juro, por mi propia voluntad, que Saxon Malone no es el padre del hijo que estoy esperando. Por lo tanto, no tiene responsabilidad legal alguna ni conmigo ni con mi hijo.
Entonces, Anna se puso de pie y se dirigió hacia la habitación.
– Recogeré todas mis cosas y me marcharé esta misma noche.
Saxon observó el papel que tenía en la mano. Se sentía casi mareado por los sentimientos encontrados que estaba experimentando. No se podía creer lo que había hecho Anna ni con la despreocupación que lo había realizado. Con unas pocas palabras escritas sobre una hoja de papel había impedido que él tuviera que pagarle una buena suma de dinero. Dios sabía que Saxon habría pagado lo que fuera, incluso hasta llegar a la bancarrota, para asegurarse de que a ese niño no le faltara de nada, no como…
Empezó a temblar y el rostro se le llenó de sudor. La ira se apoderó de él. Agarró con fuerza el papel y siguió a Anna al dormitorio. Al entrar, vio que ella ya estaba sacando las maletas del vestidor.
– ¡Eso es una maldita mentira! -exclamó arrugando y tirando el papel al suelo.
