
Anna se estremeció, pero permaneció tranquila. Sin embargo, en silencio, se preguntó cuánto tiempo más podría aguantar antes de desmoronarse y comenzar a llorar.
– Por supuesto que es una mentira -consiguió decir mientras iba colocando las maletas encima de la cama.
– Ese niño es mío.
Ella lo miró extrañada.
– ¿Acaso has tenido alguna duda de ello? Yo no he admitido que te haya sido infiel… Simplemente estaba tratando de tranquilizarte.
– ¿De tranquilizarme? -gritó él, levantándole la voz por primera vez en los tres años que hacía que la conocía-. ¿Cómo diablos voy a estar tranquilo sabiendo que mi hijo… que mi hijo…? -se interrumpió. Le estaba resultando imposible terminar la frase.
Anna empezó a vaciar los cajones y a colocar cada prenda cuidadosamente en la maleta.
– ¿Saber que tu hijo qué?
– ¿Vas a tenerlo?
Anna se tensó. Entonces, lentamente, se irguió para observar a Saxon.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Que si has pensado en el aborto.
– ¿Por qué me preguntas eso?
– Es una cuestión razonable.
Anna comprendió que Saxon no entendía nada. No consideraría la idea del aborto si supiera lo que ella sentía.
Todo el amor que Anna había expresado en aquellas largas horas parecía haber pasado completamente desapercibido para Saxon. Tal vez había aceptado la pasión en ella como una muestra de la habilidad de una mantenida, completamente entregada a tener contento a su amante.
Decidió no decir nada de esto. Se limitó a mirarlo antes de responder.
– No, no voy a abortar -dijo, antes de centrarse una vez más en su equipaje.
– ¿Entonces qué? -quiso saber Saxon-. Si vas a tenerlo, ¿qué vas a hacer con él?
Anna lo escuchó con creciente incredulidad. ¿Acaso se había vuelto loca o era él el que había perdido el juicio? ¿Qué le parecía a Saxon que iba a hacer él con el bebé? Se le ocurrieron varias respuestas, algunas evidentes y otras no tanto. ¿Acaso esperaba él que le enumerara las numerosas tareas que había que realizar con un bebé o le estaba preguntando qué planes tenía? Dada la exactitud con la que Saxon se expresaba habitualmente al hablar, Anna se sentía más asombrada por no haber comprendido a qué se refería él exactamente.
