– ¿Qué es lo que quieres decir con eso? Supongo que lo que hacen habitualmente las madres.

El rostro de Saxon adquirió una tonalidad grisácea y empezó a cubrírsele de sudor.

– Ese niño es mío -le espetó. Entonces, se acercó a ella y la agarró por los hombros-. Voy a hacer lo que sea necesario para evitar que lo tires por ahí como si fuera basura.

Capítulo Tres

Anna sintió un escalofrío de horror por la espalda y, momentáneamente, se quedó sin habla. Lo único que podía hacer era soportar la fuerza con la que Saxon le apretaba los hombros. Lo observaba con incredulidad, sin poder apartar la vista de él. Trató varias veces de hablar y, cuando por fin lo consiguió, su voz no era más que un ronco susurro.

– ¿Tirarlo, dices? ¡Dios santo! ¡Estás enfermo! ¿Cómo si no ibas a ser capaz de decir algo como eso?

Saxon estaba temblando. Anna se percató de ello al mirarle las manos. Aquella reacción alivió en parte a Anna dado que, de repente, se dio cuenta de que él también estaba muy disgustado. El instinto la guió y la empujó a colocarle las manos a Saxon sobre el pecho.

– Yo jamás haría nada que pudiera dañar a tu hijo le dijo. Nunca.

Los temblores que lo atenazaban se intensificaron. Los ojos verdes de Saxon brillaban con una extraña emoción que ella no podía interpretar. Entonces, con mucho cuidado, él le soltó los hombros y dejó que las manos le cayeran a ambos lados de los costados.

– No tienes que marcharte de aquí -comentó, como si fuera eso de lo que habían estado hablando-. Es un buen apartamento. Podrías hacerte cargo del alquiler…



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