
Anna lo amaba.
Permaneció sentado en el silencioso apartamento durante el resto del día y de la noche, demasiado ensimismado como para sentir la necesidad de luz o de ruido. Se sentía como si estuviera basando su esperanza en la más débil de las posibilidades, como si estuviera tratando de conseguir un imposible, pero le resultaba imposible hacer otra cosa.
Si era cierto que Anna lo amaba, no podía dejarla escapar de aquella manera.
Capítulo Cuatro
Anna pasó una noche muy mala. No pudo dormir. Aunque no había esperado dormir de un tirón, tampoco había supuesto que permanecería despierta durante horas, mirando el techo de la habitación, y sintió un dolor casi físico por el vacío que tenía a su lado. Saxon había pasado muchas noches alejado de ella debido a sus numerosos viajes de negocios, pero Anna siempre había conseguido dormir. Aquello era, sin embargo, muy diferente. Se trataba de un vacío físico y del alma. Había sabido que la situación resultaría muy difícil, pero no se había imaginado que le produciría tanto dolor. A pesar de sus esfuerzos, había estado llorando hasta que la cabeza le empezó a doler e incluso entonces había sido incapaz de parar.
Había sido el puro agotamiento lo que había terminado por fin con las lágrimas, pero no el dolor. Seguía a su lado, incansable, a lo largo de las interminables y oscuras horas.
Si aquello era lo que le deparaba el destino, no sabía si iba a poder soportarlo aunque tuviera a su hijo con ella. Había creído que aquel bebé, aquel increíble tesoro, le serviría de cierto consuelo para suplir la ausencia de Saxon. Aunque podría ser que fuera así en el futuro, en aquellos momentos no le servía de nada. No podía tener a su hijo en brazos en aquellos instantes. Tardaría cinco largos meses en poder hacerlo.
