
Se levantó al amanecer sin haber dormido absolutamente nada y preparó café descafeinado. Aquel día más que nunca necesitaba sentir el empuje de la cafeína, pero su embarazo se lo prohibía. Mientras el café se preparó, se sentó en la cocina envuelta en una gruesa bata.
La lluvia caía incesantemente y golpeaba los cristales de las ventanas. El día anterior había sido muy bueno, pero el alocado tiempo de abril se había transformado para convertir aquella jornada en fría y lluviosa. Si Saxon hubiera estado allí, se habrían pasado la mañana en la cama, acurrucados entre las cálidas sábanas y explorando perezosamente los límites del placer.
Anna tragó saliva y entonces inclinó la cabeza hacia la mesa. La pena volvía a hacerse insoportable. A pesar de que tenía los ojos doloridos de tanto llorar, parecía que aún le quedaban lágrimas.
No oyó que la puerta se abría, pero el sonido de los pasos sobre el suelo le hizo levantar la cabeza y secarse rápidamente los ojos con el reverso de la mano. Saxon estaba frente a ella, con el rostro triste y sombrío de puro cansancio. Aún llevaba puestas las mismas ropas que el día anterior, aunque se había puesto una cazadora como protección contra la lluvia. Evidentemente, había estado andando por la calle, porque tenía empapado el cabello y el rostro.
– No llores -le dijo en un tono de voz duro y poco natural.
Se sentía avergonzada de que él la hubiera sorprendido llorando. Siempre se había esforzado mucho por ocultar sus emociones ante Saxon, sabiendo que éstas lo hacían sentirse incómodo. También sabía que no tenía muy buen aspecto. Tenía los ojos hinchados y húmedos, con el cabello aún revuelto por una noche de insomnio y envuelta de la cabeza a los pies en una gruesa bata. Una amante debería estar bien peinada y vestida. Ese pensamiento estuvo a punto de provocarle de nuevo las lágrimas.
Sin apartar la mirada de ella, Saxon se quitó la cazadora y la colgó sobre el respaldo de una silla.
