
Anna se movió debajo de él, gozando con el intenso placer sexual que le proporcionaba. El contacto de las ropas húmedas y frías de Saxon contra la piel la hacía sentirse más desnuda que nunca. El único punto de contacto entre las pieles desnudas de ambos estaba entre las piernas de Anna, lo que la hacía sentirse aún más excitada y más consciente de la potente masculinidad de Saxon. No tardó mucho en alcanzar el clímax y se lamentó por ello porque le habría gustado que las sensaciones que estaba experimentando duraran para siempre.
Saxon se detuvo sin salir de ella. Le agarró el rostro entre las manos y se lo llenó de besos.
– No llores -murmuró. Hasta aquel momento Anna no se había dado cuenta de que los ojos se le habían llenado de lágrimas-. No llores. No tiene por qué terminar ahora.
Saxon echó mano del conocimiento y de las habilidades puestas a prueba durante dos años de intimidad y encontró perfectamente el ritmo que logró despertar de nuevo el deseo en Anna. Se tomaron su tiempo, porque ninguno de los dos quería que el placer terminara nunca y el contacto que se produjo entre los cuerpos les procuró una satisfacción muy diferente. Ninguno de los dos quería que aquello terminara nunca, porque, mientras estuvieran así, no tendrían que volver a enfrentarse con el espectro de la separación.
De repente, las ropas de Saxon pasaron de ser un placer muy sensual para convertirse en una barrera intolerable. Anna le desgarró los botones de la camisa, desesperada por encontrar el contacto de la piel de Saxon contra la suya. El se levantó lo suficiente para despojarse de la prenda y tirarla al suelo. Entonces, volvió a apretarse contra ella, haciendo que Anna gimiera de placer al sentir el duro vello contra los pezones.
