Saxon le cubrió los senos con ambas manos y los apretó. A continuación, bajó la cabeza para besarle los pezones. Notó que estaban un poco más oscuros y que los pechos estaban algo hinchados, señales inequívocas del bebé que estaba creciendo en el vientre de Anna. Sin poder evitarlo, se echó a temblar de excitación ante aquella perspectiva, al darse cuenta de que el mismo acto que estaba realizando en aquellos instantes había tenido como resultado una pequeña vida.

Tuvo que apretar los dientes para no alcanzar el clímax en aquel mismo instante. Su hijo… Aquel pequeño ser era suyo, formaba parte de él y compartía sus mismos genes. Sangre de su sangre, carne de su carne, mezclados inseparablemente con los de Anna, un ser vivo que era parte de los dos. Sintió una oleada de posesión física que jamás había conocido antes, que jamás se había imaginado siquiera que pudiera existir. ¡Su hijo! Y su mujer. La dulce Anna, la de la suave y cálida piel, la de los plácidos y cálidos ojos oscuros.

Llevaba negando demasiado tiempo la cima del placer como para poder seguir posponiéndola. La escalaron juntos, dejando que los envolviera, primero a ella y luego a él, temblando ambos de una manera que resultaba casi imposible de soportar. Gozaron juntos presos de un paroxismo de placer, gritando de puro gozo y dejándose llevar por las maravillosas sensaciones posteriores.

Permanecieron unidos. Ninguno de los dos deseaba ser el primero que se moviera y que rompiera el vínculo que se había establecido entre ambos. Anna deslizó los dedos entre el húmedo cabello de Saxon. Le encantaba sentir el cráneo bajo las yemas.

– ¿Por qué has regresado? -susurró-. Ya fue bastante duro ver cómo te marchabas la primera vez. ¿Por qué tienes que volver a hacerme pasar por ello?

Sintió que Saxon se tensaba sobre su cuerpo. Antes, jamás le había confesado sus sentimientos. Se había limitado a sonreír y a dejarse llevar por su papel de perfecta amante. Jamás le había pedido nada. Sin embargo, había perdido su escudo de protección al declararle su amor y no había vuelta atrás. No iba a negar que estaba enamorada de él.



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