
Aquel cambio tan repentino se parecía tanto a un sueño hecho realidad que ella temía terminar creyéndoselo. A pesar de todo, no iba a hacer nada que pudiera darlo por terminado prematuramente. Mientras Saxon permaneciera a su lado, estaba dispuesta a saborear todos y cada uno de los momentos.
Tal y como había prometido, Saxon se mudó al día siguiente. Él no le dijo nada, pero un par de llamadas, una de una persona interesada en alquilar su otro apartamento y otra de una empresa que deseaba comprobar que aquélla era la dirección a la que se debían enviar las facturas, le confirmaron que había decidido dejar su otra residencia. Eso más que nada le indicó que Saxon se había tomado muy en serio lo de mantener su relación.
Lo observó atentamente para ver si se encontraba nervioso porque su relación hubiera cambiado en aspectos muy importantes, como se trataba el hecho de que ya no tuvieran apartamentos separados. Anna también le había confesado que estaba enamorada de él y esas palabras no podían olvidarse ni borrarse. La reacción que Saxon había tenido ante la breve separación de ambos le indicaba más que nada lo que sentía por ella. Aunque llevaban dos años de relación, aquella cercanía física era nueva para él y Anna se había dado cuenta de que, a veces, Saxon no sabía muy bien cómo actuar. Era casi como si estuviera en un país extranjero en el que no hablaba el idioma y en el que estuviera tratando de avanzar a tientas, incapaz de entender lo que le decían las señales de tráfico.
Cada vez sentía más curiosidad por el niño e insistió en acompañarla a la siguiente visita que ella tenía con el médico y que se iba a producir tan sólo unos días después.
