
¿Qué efecto tendría un hijo sobre él? Seguramente se vería más reflejado en un niño y, en cierto modo, tendría la oportunidad de corregir el horror de su propia infancia asegurándose de que su propio hijo jamás conociera sentimiento alguno aparte del amor incondicional. En su imaginación, Anna lo vio enseñando pacientemente a un niñito cómo sostener un bate o darle una patada a un balón. Seguramente, insistirían en acudir a una amplia variedad de juegos de pelota y Saxon observaría muy orgulloso a su hijo cuando fuera éste el que jugara.
A pesar de lo que le dictaba su sentido común, Anna no podía dejar de imaginarse un futuro con Saxon. Ya había ocurrido un milagro: él no había desaparecido cuando se enteró de su embarazo. No dejaría de esperar que aquel milagro no fuera el único.
Aquella noche, cuando estaban tumbados en la cama, apoyó la cabeza sobre el torso de Saxon y escuchó los fuertes latidos de su corazón. Se colocó la mano sobre el vientre y pensó que su bebé estaba escuchando su propio corazón de aquella misma manera y que lo encontraría tan tranquilizador como el de Saxon la relajaba a ella. Era un sonido maravilloso.
– Pareces estar muy interesado en la ecografía -le dijo.
– Mmm…
– ¿Tienes ganas de saber si es niño o niña?
– Sí, me gustaría saberlo -respondió él. Estaba inquieto-. ¿Y a ti? ¿Te gustaría que fuera una niña?
– En realidad, no -contestó ella, con un bostezo. Estaba muy cansada-. Sólo quiero que venga bien. Me da igual que sea niño o niña, aunque vendría bien saberlo con tiempo para que podamos elegir el nombre y poder decorarle la habitación sin tener que recurrir a los tonos verdes o amarillos.
