Cuando estaban haciendo el amor, Anna tenía razones para tocarlo, para besarlo, para abrazarlo y, durante aquellos momentos, él no refrenaba sus propias caricias. Durante las largas noches se mostraba insaciable, no sólo de sexo sino del contacto con Anna. Cada noche, ella dormía entre sus brazos y, si por alguna razón se apartaba de él, Saxon se despertaba para volver a reclamarla contra su cuerpo. Cuando llegaba la mañana, se escondía de nuevo en su solitaria fortaleza. No obstante, durante las noches le pertenecía por completo. A veces Anna presentía que Saxon necesitaba las noches tan desesperadamente como ella y por las mismas razones. Eran los únicos momentos en los que se permitía dar y aceptar el amor de cualquier forma.

Por ello, se obligó a permanecer sentada y mantuvo el libro que estaba leyendo sobre el regazo. No se permitió levantar la cabeza y sonreír hasta que no oyó que la puerta se cerraba y escuchó el golpe de la maleta contra el suelo. Al verlo, el corazón se le desbocó de la alegría, igual que le llevaba pasando desde hacía tres años, pero, al mismo tiempo, experimentó un fuerte dolor en los costados ante la perspectiva de no volverlo a ver. Al menos, tenía una noche más con él, una nueva oportunidad. Entonces, tendría que terminar con todo.

Saxon parecía cansado. Tenía profundas ojeras en el rostro y las arrugas que enmarcaban su hermosa boca parecían más profundas. A pesar de todo, como siempre le ocurría, Anna se quedó atónita al ver lo guapo que era, con su piel cetrina, cabello oscuro y ojos verdes. Saxon jamás había hablado de sus padres y Anna se había preguntado en muchas ocasiones por la combinación de genes que había producido una belleza tan llamativa. Sin embargo, ésta era otra de las cosas por las que no podía preguntar.

Saxon se quitó la americana y la colgó en el ropero. Mientras lo hacía, Anna se dirigió al bar y le sirvió un whisky solo. Saxon aceptó la copa con un gesto de agradecimiento y se lo tomó a sorbitos mientras se aflojaba el nudo de la corbata. Anna dio un paso atrás porque no quería agobiarlo, pero no pudo apartar los ojos del amplio torso. De repente, el cuerpo comenzó a acelerársele de un modo que le resultaba ya muy familiar.



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