– ¿Ha ido bien el viaje? -le preguntó. El tema de los negocios era siempre seguro.

– Sí, Carlucci se ha extralimitado en su capacidad, tal y como tú dijiste.

Terminó la copa con un rápido giro de la muñeca y luego dejó el vaso para colocarle a Anna las manos en la cintura. Ella echó la cabeza hacia atrás con la sorpresa reflejada en los ojos. ¿Qué estaba haciendo? Saxon siempre seguía un patrón muy definido en su comportamiento cuando regresaba de un viaje: se duchaba mientras ella preparaba algo de comer, comían, Saxon se ponía a leer el periódico o charlaban sobre el viaje que él había realizado y, por fin, se metían en la cama. Sólo entonces él se dejaba llevar por su sensualidad y hacían el amor durante horas. Llevaba haciendo lo mismo durante dos años. Entonces, ¿por qué rompía sus propias costumbres abrazándola casi inmediatamente después de entrar por la puerta?

Anna no podía interpretar la expresión que veía en sus ojos verdes. No desvelaban nada, pero tenían un extraño brillo. Le agarró la cintura con fuerza.

– ¿Ocurre algo? -le preguntó. Sin querer, su voz se había llenado de ansiedad.

Saxon lanzó una risa muy dura y tensa.

– No, no ocurre nada. Simplemente ha sido un viaje muy duro. Eso es todo.

Sin dejar de hablar, Saxon los estaba conduciendo a ambos hacia el dormitorio. Una vez allí, le dio la vuelta y empezó a desnudarla, demostrando su impaciencia con los tirones que les daba a las prendas que le iba quitando. Ella permaneció de pie dócilmente, sin dejar de mirarlo al rostro. ¿Acaso era su imaginación o se había dibujado de verdad un gesto de alivio en el rostro de Saxon cuando la vio por fin desnuda y pudo estrecharla así contra su cuerpo? La abrazó con fuerza, aplastándola prácticamente contra su cuerpo. Los botones de la camisa se le clavaron a Anna en el pecho y se meneó un poco, dejando que la docilidad diera paso a una creciente excitación. Le tiró de la camisa.



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