– Lockie me ha dicho que tu padre está en la costa. ¿Qué tal está?

– ¿Quieres decir que si está bebiendo? -las palabras escaparon de la boca de Georgia antes de que pudiera contenerlas. Jarrod la miró con severidad.

– No, no me refería a eso -dijo, fríamente-. Peter me ha dicho que tu padre no prueba una gota de alcohol desde hace años.

Georgia hubiera querido decirle que desde hacía cuatro años, pero se reprimió.

– Está bastante bien -dijo, con calma-. Está renovando una casa. Tardará al menos un mes en volver.

– ¿Tiene bastante trabajo?

¿Estaban Jarrod o su padre realmente interesados en conocer la respuesta? No habían dudado en librarse de él cuando, tras la muerte de la madre de Georgia, había comenzado a beber, siete años atrás. La voz interior de Georgia la reprendió. Había sido su padre quien, tras la muerte de su esposa, decidió dejar la empresa de ingeniería de la que era dueño su cuñado. Pero ninguno de los Macleans trató de impedírselo, insistió Georgia.

– El suficiente como para ir tirando -dijo Georgia.

La tensión volvió a crecer, envolviéndolos a ambos en la oscuridad, y Georgia sintió la boca seca. ¿Recordaría Jarrod las noches que habían pasado juntos, las largas conversaciones, los besos embriagadores, la manera en que sus cuerpos se movían al unísono al ritmo de una música que sólo ellos dos escuchaban?

Una oleada de deseo la inundó. ¿Estaría sintiendo Jarrod la misma tentación que ella de alargar la mano y tocarla? Georgia reprimió un gemido e hizo ademán de apartarse al ver que Jarrod se movía.

Él la tomó por el brazo y Georgia se preguntó si la ayudaba a mantener el equilibrio o si pensaba…

– Ya está -la llegada de Lockie actuó como una ducha de agua fría. Georgia se soltó como si la hubiera picado una avispa. Su hermano, ajeno a la incomodidad de los otros dos, sonrió-. ¿Listos?



10 из 135