
Georgia y Lockie se subieron al asiento de delante mientras Jarrod rodeaba la camioneta para colocarse tras el volante.
– Muévete un poco, hermana -dijo Lockie, empujándola-. Si esta puerta se abre mientras estamos en marcha, voy a salir disparado como el corcho de una botella de champán.
Georgia sintió que se acaloraba al desplazarse en el asiento para dejar más espacio a su hermano. Forcejeó con el cinturón de seguridad y Lockie y Jarrod intentaron ayudarla.
Georgia sentía tal tensión que le dio miedo estallar. Al encender el motor y cambiar de marcha, Jarrod le rozó con el brazo, y Georgia tuvo que contenerse para no gritar. Estaba segura de que los dos hombres notaban, como ella, la electricidad que llenaba la cabina.
No fue capaz de entablar una conversación intrascendente, porque estaba demasiado ocupada tratando de justificarse a sí misma, habitualmente tan contenida y racional, las inesperadas reacciones que la asaltaban. Cuando creía haber alcanzado por fin cierto equilibrio en su vida, comprobaba lo equivocada que estaba.
– Cuando lleguemos a Oxley tendréis que indicarme el camino -dijo Jarrod.
– Georgia sabe llegar -dijo Lockie-. Se me ocurre una idea. El piso nuevo de Andy está en Darra. Ya que vamos a pasar por allí, ¿por qué no me dejáis y así no tengo que quedar después con él?
– Puede que Andy no haya acabado todavía -dijo Georgia, espantada de que Lockie estuviera dispuesto a dejarla sola con Jarrod.
– Seguro que sí. No tiene demasiadas cosas -dijo Lockie, ajeno a los mensajes silenciosos que le mandaba su hermana-. Estaré en casa para cuando volváis con Morgan.
– Lockie… -comenzó a protestar Georgia.
– Tiene razón, Georgia -dijo Jarrod, y Georgia no tuvo más remedio que aceptarlo aunque la insensibilidad de su hermano la pusiera furiosa.
– ¿Lleva Morgan mucho tiempo fuera de casa? -preguntó Jarrod-. Me cuesta imaginarla con edad suficiente como para abandonar el nido.
