
– No se marchó con la aprobación familiar -explicó Georgia-. Sólo tiene diecisiete años y nos parecía demasiado joven como para vivir con su novio.
– Lo comprendo -dijo Jarrod, adelantando a un coche.
– Morgan está pasando por una crisis. Decidió dejar el colegio y no ha conseguido trabajo. Está siendo muy testaruda.
– ¡Y tanto! -intervino Lockie-. Siempre me he preguntado si la idea de ponerse a vivir juntos no era suya y no de Steve. Aunque cueste entenderlo, Steve está loco por ella. Por eso no llego a creerme que la pegara. No es su estilo.
– ¿Ese tipo ha pegado a Morgan? -preguntó Jarrod, con el ceño fruncido.
– Eso le ha dicho a Georgia -dijo Lockie.
– ¿Cuántos años tiene? ¿Tiene trabajo? -preguntó Jarrod.
– Es algo mayor que Morgan, ¿verdad, Georgia? Debe tener unos veinte años. Trabaja con tu padre. Siempre me ha parecido un chico agradable y sensible. ¿A ti no, hermana?
– Es un buen chico… -comenzó a decir Georgia, aunque hubiera preferido que su hermano dejara de discutir los asuntos familiares tan abiertamente.
– No tan buen chico si ha pegado a una mujer -la cortó Jarrod, bruscamente-. Cualquier abuso, físico o mental, es inadmisible.
– Puede que haya cosas peores -dijo Georgia, con amargura. El pasado le hacía muecas y las palabras escaparon de su boca sin pensarlas. Tuvo la sensación de que Jarrod se crispaba.
– Para mí no -dijo él, con firmeza-. Una discusión no tiene por qué acabar así.
– Tienes razón. Los hombres que pegan a sus mujeres son unos cobardes. Gira a la izquierda en el siguiente semáforo -Lockie señaló la calle en la que vivía Andy y la furgoneta aparcada frente a una de las casas, donde Andy y Ken estaban cargando una caja-. Bien, os veré más tarde en casa.
Y Georgia lo observó marchar.
Antes de que pudiera soltar el cinturón de seguridad y desplazarse hacia la ventanilla, Jarrod arrancó y ella continuó sentada junto a él, como dos amantes. Como había sido siempre en el pasado.
