
Una vez más, su hermano se había inhibido de cualquier responsabilidad…
– Siento mucho todo esto -Georgia se esforzó por aparentar calma-. Y te agradezco tu ayuda.
– Ya te he dicho que no es molestia -Jarrod respondió con sequedad, y ambos guardaron un silencio incómodo hasta que Georgia lo rompió para darle instrucciones al salir de la autopista.
Morgan los esperaba a la puerta. En cuanto los vio llegar, se encaminó hacia ellos con la maleta en la mano.
– ¡Menos mal que habéis llegado! Creía que Steve iba a llegar antes que vosotros. Vámonos -dijo, con la respiración alterada.
– Un momento, Morgan -Georgia la sujetó por el brazo-. ¿Por qué no esperamos a Steve y explicáis lo que ha ocurrido?
– Te lo contaré cuando lleguemos a casa. No quiero ver a Steve ni pasar aquí más tiempo.
– Hace un par de semanas no podías soportar estar en ningún otro sitio -le recordó Georgia.
Morgan se soltó de ella bruscamente.
– Estaba segura de que me dirías algo así. ¡Sigues pensando que soy una niña y no lo soy! -exclamó, dando un patada al suelo.
– Morgan… -Georgia fue a posar la mano sobre el hombro de su hermana, pero Morgan la esquivó.
– No pienso quedarme, Georgia. Ni siquiera te importa que mañana vaya a tener un ojo morado. ¡Venga! Ya recogeré el resto de mis cosas. Vámonos -dijo, y alargó la mano hacia la manija.
Entretanto, Jarrod había rodeado el coche y, tras tomar la maleta de Morgan, le abrió la puerta.
– ¡Dios mío! -la joven se dio cuenta de su presencia en ese instante-. ¡No puedo creerlo: Jarrod Maclean!
Jarrod hizo una inclinación de cabeza.
– El mismo. Es una pena que nos reencontremos en estas circunstancias.
– Sí -balbuceó Morgan, antes de dirigir una rápida mirada a Georgia y sonreír tímidamente-. No has envejecido nada, y eso que han pasado… ¿cuatro años?
