– Más o menos. Y quizá no debas opinar hasta que me veas a plena luz del día.

Morgan relajándose, rió.

– Sigues siendo demasiado guapo para tu propio bien. En cambio yo he debido cambiar bastante.

– Sí. Eres una adulta. Ya no llevas ni coletas ni uniforme de colegio.

– Debo tener la misma edad que tenía Georgia cuando tú viniste.

La atmósfera se cargó y Georgia apretó tanto los puños que los nudillos se le pusieron blancos.

– Más o menos -dijo Jarrod, inexpresivo.

– Eso es lo malo de las familias -Morgan arrugó la nariz-: te han visto en tus peores momentos y no les importa recordártelo.

– Morgan… -la voz de Georgia sonó aguda.

– Especialmente las hermanas mayores -concluyó Morgan, entrando en la camioneta.

Jarrod mantuvo la puerta abierta para Georgia, después cargó la maleta en la parte de atrás y ocupó el asiento del conductor.

– ¿Cuándo has vuelto? -le preguntó Morgan en cuanto se pusieron en marcha.

– Hace una semana.

– Sé que el tío Peter ha sufrido otro ataque al corazón, así que supongo que ésa es la razón de tu visita.

– Así es.

– Me han dicho que vives en los Estados Unidos. ¡Qué suerte! Y qué mala suerte tener que volver a este rollo de pueblo.

– Morgan… -Georgia intentó detener el parloteo de su hermana.

– Es un rollo. Aquí no hay nada que hacer.

Georgia suspiró.

– Jarrod -Morgan puso la mano en su brazo-, siento lo del tío Peter. Siempre le he tenido cariño -dijo, con sinceridad.

Georgia apenas la oyó. La mano de Morgan parecía resplandecer sobre el brazo de Jarrod, reclamándola como un imán. ¿Qué le estaba ocurriendo? Hubiera querido quitársela de un manotazo.

– Sé que Georgia lo visita todas las semanas -oyó que seguía Morgan-, pero seguro que está encantado de que hayas venido.

Georgia hizo un esfuerzo para apartar la mirada de la mano de su hermana. Hacía más de una semana que no iba a ver a su tío. Desde que había recibido la noticia de la llegada de Jarrod y había salido huyendo como un conejo asustado.



14 из 135