
Debía haber supuesto que en el estado en que estaba Peter, su hijo iría a verlo. Pero, tal vez para engañarse a sí misma, ni siquiera se había planteado esa posibilidad. La noticia la había tomado desprevenida y el temor de encontrarse con Jarrod y actuar estúpidamente le había impedido volver. Y, tal y como estaba comportándose en su primer encuentro con él, comprobaba que sus temores eran fundados.
– ¿Qué tal está? -preguntó Morgan.
Jarrod se encogió de hombros imperceptiblemente.
– Según el médico, ha mejorado. Pero el último ataque ha sido muy severo y por eso Isabel me ha avisado.
Pronunció el nombre de su madrastra con un timbre agudo y Georgia se tensó, bloqueando los recuerdos antes de que la asaltaran.
Desde pequeña, la relación entre su tío e Isabel le había desconcertado. Era fría y distante y, al contrario que sus padres, nunca reían juntos. Y cuando Jarrod se unió a la familia, Georgia sintió lástima por aquel adolescente alto y desmañado al que le había tocado vivir en un ambiente tan silencioso e impersonal.
Isabel Maclean era la hermana mayor de la madre de Georgia, pero entre ellas no había ninguna similitud. La madre de Georgia estaba llena de vida, era cariñosa y cálida. Isabel apenas sonreía, y Georgia no recordaba haber recibido ni un solo abrazo de ella.
Cuando llegó Jarrod, Georgia tuvo la sensación de que, aunque no lo expresaban abiertamente, él e Isabel sentían una antipatía mutua. Al menos, eso había creído Georgia.
Recordaba el día en que preguntó a Jarrod qué opinaba de Isabel y él había evitado contestar, hasta que Georgia le había provocado con una sucesión de besos, haciéndole cosquillas en el lóbulo de la oreja. Entonces él se volvió hacia ella, la abrazó casi con desesperación y la besó con una fiereza que inicialmente la asustó.
