
– ¿Y qué tal sobrelleva la situación la tía Isabel? -preguntó Morgan.
– Con su acostumbrada impasibilidad -dijo Jarrod, secamente.
– Es más fría que un témpano.
– ¡Morgan! -la reprendió Georgia.
– Es verdad, Georgia, siempre lo ha sido. Cuando era pequeña trataba de imaginar cómo reaccionaría si trepaba a su regazo con los dedos pegajosos y le manchaba el vestido, pero nunca me atreví a comprobarlo -Morgan dejó escapar una risita-. Estoy segura de que se hubiera desmayado. Es completamente distinta a nuestra madre. ¿A que no parecían hermanas, Jarrod?
– La verdad es que no.
Georgia percibió el dolor de su voz.
– Claro que -continuó Morgan-, tampoco adivinarías que Georgia y yo somos hermanas. Georgia es idéntica a mamá y Lockie es rubio, como papá -rió quedamente-. Yo estoy a medio camino. Y hablando de Lockie, ¿dónde está nuestro querido hermano?
– Recogiendo la furgoneta -dijo Georgia-. Pero parece que ha llegado antes que nosotros -añadió, cuando Jarrod detuvo el coche detrás de la furgoneta de Lockie.
La luz del porche estaba encendida y Lockie abrió la puerta cuando ya estaban subiendo las escaleras.
– ¡Ya era hora! ¿Estás bien, Morgan?
– ¡Bien! -dijo ella, con aire de mártir.
Jarrod dejó la maleta en el suelo.
– Gracias por ayudarnos, amigo -dijo Lockie.
– Desde luego, pobre Jarrod -Morgan hizo una mueca-. Sólo llevas aquí una semana y ya estás acudiendo al rescate de la familia Grayson. Papá me ha contado que de pequeño te dedicabas a sacar a Lockie de líos.
Jarrod soltó una carcajada.
– Lockie tenía la habilidad de que siempre lo pillaran haciendo algo malo.
– Y cuando Georgia llegaba tarde, decía que había estado contigo y papá no la reñía -comentó Lockie, a su vez.
Georgia tragó saliva. Decir que estaba con Jarrod no había sido nunca una mentira.
– ¿Georgia solía llegar tarde? -Morgan puso los brazos en jarras-. Lo había olvidado. Así que cuando me riñes estás siendo una hipócrita -hizo una mueca a Georgia-. Estás ruborizándote. Eso te pasa por tener un pasado turbio.
