
Georgia tenía un nudo en la garganta y por más que lo intentó, no logró dar una contestación ingeniosa. Miró de soslayo a su hermano y vio que también él había enrojecido. Ni siquiera se atrevió a mirar a Jarrod.
Lockie rompió el silencio.
– Ya sabes lo que dicen, Morgan: ten cuidado con los discretos. Justo lo contrario de lo que tú eres. De todas formas -continuó deprisa para que su hermana no lo interrumpiera-, ¿qué es eso de que Steve te ha pegado?
– Claro que me ha pegado -Morgan señaló una marca rojiza en la mejilla-. Pero no te preocupes, yo le devolví el golpe y él se marchó de casa. Eso es todo.
Lockie arqueó las cejas.
– ¿Por qué os habéis peleado?
– Por todo y por nada -Morgan apretó los labios-. Es un cabezota y un sabiondo.
– Pues ya sois dos -dijo Lockie, secamente.
– ¡No empieces, Lockie! -replicó Morgan-. Ya tengo bastante con Georgia. Y no estoy dispuesta a soportar un interrogatorio de mis dos hermanos mayores a estas horas. Es tarde y estoy cansada. Ya hablaremos por la mañana. Me voy a la cama -se volvió hacia Jarrod y su rostro cambió de expresión-. Nadie me entiende -dijo, con un suspiro-. No sabes cómo te comprendo, Jarrod. Si yo pudiera, también me marcharía -y, sin decir más, salió.
Lockie tomó la maleta de Morgan.
– ¡Qué paciencia, Señor! ¿Quieres un café? -le ofreció a Jarrod-. Yo necesito un poco de cafeína. ¿Quieres una taza?
– Sí, gracias.
Georgia fue a la cocina y comprobó, desolada, que Jarrod la seguía y la observaba en silencio.
Ráfagas de la conversación anterior pasaron por su mente: «Isabel me ha avisado», «Sigues siendo demasiado guapo para tu propio bien», «Tengo la misma edad que Georgia cuando…»
Y con una nitidez asombrosa, recordó la mano de Morgan sobre el brazo de Jarrod.
