Georgia apretó la taza entre sus manos y alzó la mirada hacia su hermano.

– Claro que no. Morgan no sería tan estúpida -continuó Lockie de inmediato, respondiéndose a sí mismo y acabando con una carcajada-. En fin, ya basta de hablar de Morgan. Estoy seguro de que a Jarrod no le interesa hablar de esto -miró a su hermana-. No tienes un minuto de descanso, ¿verdad, Georgia? Debes estar agotada después de trabajar todo el día y tener que salir corriendo a buscar a Morgan.

Georgia asintió y bebió un sorbo. Ella sabía bien que no era su hermana la que la hacía sentir exhausta.

Si por lo menos estuviera sola, tendría la oportunidad de analizar sus reacciones. ¿Cómo podía haber calculado el impacto que tendría sobre ella el retorno de Jarrod Maclean? ¿Cómo podía saber que después de tantos años seguiría teniendo el poder de alterar sus emociones?

Se veía de nuevo a los diecisiete años, la edad a la que Jarrod apareció en su vida. Georgia había estado jugando al tenis y llegó a casa sudorosa después del viaje en bicicleta. Al entrar en casa lo había encontrado en la misma silla que ocupaba en ese momento. Al verla, se levantó y Georgia comprobó que era bastante más alto que Lockie. Sus ojos lo recorrieron hasta llegar a su rostro y a sus magníficos ojos azules.

Georgia vio de soslayo que Jarrod daba un sorbo al café. ¿Se acordaría también él? Probablemente no. ¿Por qué iba a hacerlo?

– ¿De qué estábamos hablando? -siguió Lockie-. Ah, sí. De los cambios que se han producido en estos años.

– Cuando tomé la salida de la autopista creí que me había equivocado -comentó Jarrod-. Sólo esta casa y la de mi padre están igual que en el pasado.

Lockie levantó la vista al techo.

– Así es. Menos mal que tu padre nunca ha tenido que vender sus terrenos y sólo vendió una parcela a nuestro padre.



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