
Jarrod asintió en silencio.
Georgia no podía creer que estuvieran los tres hablando tan tranquilamente de cosas sin importancia cuando los espantosos acontecimientos de cuatro años atrás todavía seguían con ellos.
– En esos tiempos debían ser grandes amigos -siguió Lockie-. Si no, el tío Peter no les habría vendido a nuestros padres el terreno.
En ese instante, Georgia miró las manos de Jarrod y vio que apretaba la taza con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Su mirada viajó hasta su rostro y vio que apretaba la mandíbula con fuerza.
¿Qué habría causado esa reacción? ¿Cómo iba a importarle a Jarrod que su padre hubiera vendido a los Grayson una parte de terreno diez años antes de que conociera la existencia de su hijo?
Georgia siguió observándolo, tratando de adivinar sus pensamientos, pero Jarrod bajó la mirada al café y ocultó la expresión de su rostro.
– Esta casa necesita unas cuantas reparaciones -continuó Lockie-. Papá consigue un nuevo contrato cada vez que dice que va a hacerlas. Le he prometido ayudarle a pintarla por fuera cuando vuelva de la costa. Y tenemos que cambiar los cables de la electricidad.
Jarrod sonrió crispadamente y cruzó las piernas.
– Estas casas coloniales son muy hermosas pero requieren muchos cuidados -dijo, pausadamente.
– Desde luego que sí -Lockie miró el reloj, y al oír que sonaba el teléfono, sonrió-. Justo a tiempo. Debe de ser Mandy. Me dijo que llamaría cuando llegara. Si me disculpas, Jarrod, voy a contestar a la cocina.
Georgia parpadeó desconcertada al quedarse sola con Jarrod.
– Mandy es la novia de Lockie -dijo, revolviéndose incómoda en su asiento-. Ha ido a visitar a sus padres a Nueva Zelanda. Supongo que la conociste el día que viniste a saludarnos.
Jarrod sacudió la cabeza.
– No, estaba trabajando. Pero Lockie me ha dicho que van a casarse.
