
– Eso parece. He venido un par de veces y no estabas ninguna de las dos -Jarrod dejó la taza sobre la mesa y se puso en pie lentamente-. Era inevitable que nos encontráramos, Georgia. ¿O lo dudabas?
– Claro que no -Georgia tragó saliva. Tenía la garganta seca-. Jarrod, estás dándole demasiadas vueltas.
– ¿Tú crees, Georgia?
Jarrod se quedó de pie frente a ella, de brazos cruzados. Sus vaqueros gastados se ajustaban a sus musculosos muslos y las pulsaciones de Georgia se aceleraron como solían hacerlo en el pasado, de una forma tan familiar que le costaba creerlo.
Aunque en cuatro años ningún hombre la hubiera hecho vibrar, el tiempo se disolvía súbitamente, despertando sus sentidos a las peculiaridades del cuerpo del hombre que tenía ante sí y a la modulación de su voz grave y melodiosa. Georgia sintió un pánico creciente. No. Nunca más. No consentiría que volviera a herirla.
– Lo siento, Georgia -suspiró él-. Sabes que de no haber sido por Peter, no habría vuelto. No he podido evitarlo.
Georgia sintió que se le encogía el corazón y se reprendió por alimentar la ilusión de que Jarrod hubiera vuelto por ella. ¿Cómo podía ser tan ingenua? Y en cualquier caso, qué importancia tenía. A ella, al fin y al cabo, le daba lo mismo.
– Pero ya que estoy aquí… -siguió él, vacilante-. Lo queramos o no vamos a tener que vernos.
– No con demasiada frecuencia -dijo ella, con una calma de la que se enorgulleció-. Supongo que estás ocupándote de los negocios de tu padre y que estarás trabajando. Puedo visitar al tío Peter cuando estés fuera, así que no tenemos por qué coincidir -se forzó a mirarlo a los ojos con frialdad.
Un nervio temblaba en la mandíbula de Jarrod.
– Si lo prefieres así -dijo, quedamente.
Georgia tragó saliva. Lo que ella quería era borrar los cuatro últimos años y aquella nefasta noche, y que todo volviera a la normalidad entre ellos. Su amor. La fe que tenía en la integridad de Jarrod. Tantas cosas. Pero eso era imposible.
