
Morgan cerró la revista y la dejó sobre la mesa.
– Si quieres me ofrezco a ponerme un vestido sexy y a salir al escenario; pero en cuanto abriera la boca lo estropearía todo.
Lockie rió. La tendencia a desafinar de Morgan era una broma común en la familia.
– ¿Por qué no llamas a Mandy para que venga? -preguntó Georgia.
– Lo he intentado pero no doy con ella.
– Seguro que puedes encontrar alguien para sustituirla -dijo ella, sonriendo.
Lockie la miró pensativo.
– ¡Se me ocurre una idea! -dijo, sin aliento-. ¡Estamos salvados! -alzó la vista al cielo en agradecimiento-. No entiendo cómo no lo he pensado antes. Tú puedes sustituir a Mandy el viernes por la noche, Georgia.
Georgia lo miró inexpresiva y sacudió la cabeza.
– No, Lockie, yo no. Ya lo discutimos antes de que Mandy entrara en el grupo. Ya sabes lo que pienso de actuar en público. Y por si no te acuerdas ya tengo trabajo.
Lockie alzó la mano para detenerla.
– No, Lockie -insistió Georgia, decidida-. Me gusta cantar, no voy a negarlo. Pero en privado, no en público.
– Georgia, por favor -Lockie se acercó a ella-. Sólo serían dos noches. Así tendría toda la semana que viene para dar con Mandy y convencerla de que vuelva.
– Intenta llamarla otra vez. Tiene tiempo de sobra para venir el viernes -dijo Georgia. Lockie levantó las manos.
– Ya te he dicho que no está. ¿No comprendes que la he llamado en cuanto lo he sabido? Su madre me ha dicho que ha ido a hacer un viaje y que iba a visitar a unos primos. No pueden dar con ella hasta el domingo, así que no va a poder llegar a tiempo.
– Lo siento, Lockie.
– Georgia, tú sabes todas las canciones. Has cantado con nosotros un montón de veces. Y estoy seguro de que el traje de Mandy te quedaría bien. Sois del mismo tamaño.
– Más o menos -dijo Morgan, burlona.
Lockie le dirigió una mirada amenazadora.
– Pero no quiero cantar ante público -repitió Georgia, con firmeza, poniéndose en pie.
