Hasta hacía poco su vida había transcurrido tal y como a ella le gustaba: en orden, sin altibajos. Pero todo había cambiado súbitamente.

El cambio se había iniciado dos semanas antes, al irse su padre a trabajar a la costa en una de esas obras que lo mantenían alejado varios meses. Inmediatamente después, su coche había sido aplastado por un camión mientras estaba aparcado, y Georgia se había quedado sin medio de transporte.

Además, su hermana pequeña había anunciado que se iba a vivir con su novio. Morgan no tenía más que diecisiete años y estaba en el paro, y Georgia había intentado en vano hacerle cambiar de idea, convencerla de que cometía un error.

Pero esa semana había sucedido aquello que más temor le causaba: Peter Maclean había sufrido un ataque al corazón y estaba muy grave. Sólo su determinación de hierro lo mantenía vivo. Pero hasta esa voluntad se estaba deteriorando.

Y su hijo había vuelto a casa. Después de cuatro años. Y Georgia sabía que llevaba en el pueblo cerca de una semana.

El dolor le encogió el corazón. Por pura suerte, había estado fuera en las dos ocasiones que él había ido a su casa, pero estaba segura de que no podría seguir esquivándolo durante mucho más tiempo. Después de todo, eran primos. Aunque fuera sólo un primo adoptivo.

– Gracias por traerme a casa. Jodie -dijo Georgia.

– No ha sido nada -Jodie sonrió-. Has tenido muy mala suerte con lo de tu coche.

– Supongo que podía haber sido aún peor. Imagínate si llego a estar dentro -dijo Georgia-. Pero la compañía de seguros me ha dicho que estará todo resuelto en un par de semanas -puso los ojos en blanco-. Ya veremos. Nunca me había dado cuenta de cuánto dependo del coche.

– No me importa acercarte -Jodie miró hacia la casa-. Tu hermano debe estar en casa -comentó, y Georgia reprimió una sonrisa.

A Jodie le gustaba su hermano y se había quedado muy desilusionada al saber que Lochlan estaba ya comprometido.



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