
Georgia suspiró de nuevo y se alejó de Jarrod para distanciarse de su poder magnético y del deseo que encendía en ella.
– Si quieren estar juntos, tendrán que resolver sus problemas ellos solos -dijo, en tono mate.
– ¿Quieres que hable con Steve?
– No -Georgia alzó la barbilla y lo miró con arrogancia-. No hace falta que te impliques. Podemos resolverlo nosotros y, en realidad, es Morgan la que tiene que decidir qué quiere hacer.
– Supongo que tienes razón -Jarrod frunció el ceño-. Pero parece tan joven…
Tan joven como era ella, Georgia, al enamorarse de él. Y dos años más tarde, había sido él quien la hirió. Entonces no había mostrado ninguna preocupación por ella, por el caos en que había sumido su vida. ¿Qué derecho tenía a ser tan solícito con Morgan?
El silencio se prolongó durante unos segundos interminables. Unos segundos que eran una tortura para Georgia. Despreciaba a Jarrod, pero al mismo tiempo ansiaba refugiarse en él, dejarse rodear por sus brazos como solía hacer en el pasado.
Y por un instante sintió el impulso de compartir sus penas con él, contarle lo rebelde que era Morgan y los problemas económicos de Lockie, el chantaje al que la había sometido hasta convencerla para tocar con Country Blues. Pero por encima de todo hubiera querido compartir con él el dolor que sentía, la sensación de abandono que padecía.
«¡Jamás!», estuvo a punto de gritarse a sí misma. No podía confiar en él. Jarrod volvería a traicionarla y a decepcionarla.
Un suspiro de Jarrod la volvió a la realidad. Al levantar la vista lo vio contemplando la oscuridad por la ventana.
– Había olvidado la calma que se respira aquí. Después de vivir en una gran ciudad, el silencio resulta ensordecedor.
Georgia estudió su perfil. Era exactamente como lo recordaba. En todo lo relacionado con Jarrod, parecía tener una memoria fotográfica. A pesar de lo que le había hecho.
