
– No. Andy Dyne, el batería, lleva conmigo más tiempo que los demás. Es un tipo espectacular, pelirrojo y con una gran barba. Los demás están con nosotros desde hace dos años -dijo Lockie-. Son muy buenos músicos y todos nos llevamos muy bien. Aparte de que hemos trabajado muy duro y nos merecemos esta oportunidad. Puede que nos contraten para el nuevo programa de televisión.
– ¿Televisión? ¿De qué estás hablando, Lockie? -Georgia arqueó las cejas.
– Corre el rumor de que la cadena ABC está preparando una serie sobre música, centrada en las promesas australianas.
Georgia suspiró, aliviada de que Mandy fuera volver la semana siguiente. El concierto empezaba a ser como una bola de nieve. La mirada de complicidad de Lockie la hizo fruncir el ceño. Si su hermano creía que…
Se secó el sudor de las manos en los pantalones. Sentía los nervios en el estómago como si fueran ropa tendida batida por el viento. Ya era bastante desgracia que Lockie hubiera invitado a Jarrod como para que tuviera la intención de prolongar su acuerdo más allá las dos noches en el Country Club.
Tragó de nuevo para resistir la tentación de llevarse la mano a su errático corazón. Debía tratar de olvidarse hasta el viernes. Y esa noche, tendría que ignorar a los desconocidos que estarían observándola. ¿Desconocidos? Jarrod Maclean no lo era, pero también tendría que ignorar su presencia.
– Cuando estuve en Nashville fui a un concierto en el Grand Ole Opry. Fue estupendo -dijo Jarrod.
– ¡Qué suerte! Me encantaría ir a Nashville -Lockie sonrió-. Un día lo conseguiré.
– Te va a encantar. Yo tuve la suerte de ir con unos amigos que la conocían muy bien.
«Qué envidia», pensó Georgia con amargura. ¿Y entre esos conocidos habría una mujer en especial? Las mujeres siempre se sentían atraídas por él. A parte de un cuerpo alto y fuerte, Jarrod era tan masculino que atraía a las mujeres como la luz a las polillas.
