
¿No había sido ella seducida igual que las demás? Y él no la había rechazado. No. Ella había tenido el dudoso honor de sentir cómo sus caricias la hacían arder. Y la quemadura le había llegado al alma, marcándola para el resto de su vida.
– ¡Qué suerte tener a un cicerone! -dijo, con amargura, ignorando la mirada de sorpresa de Lockie.
– Así es. Me acordé mucho de Lockie y de cuánto habría disfrutado -dijo Jarrod, con una sonrisa que obligó a Georgia a apretar los puños-. ¿Te acuerdas de aquellas viejas botas que compraste porque alguien te dijo que habían pertenecido a Johnny Cash?
Jarrod continuó hablando con confianza, sin aparentar la más mínima tensión, mientras Georgia se erguía en su asiento con la inmovilidad de una estatua.
¿Cómo osaba hablar del pasado? Para ella el ayer y el dolor eran sinónimos. A él, sin embargo, no parecía afectarle.
Su rabia aumentó y luego se mitigó un poco. Lo peor de todo era que hubiera puesto la mano en el fuego por la integridad de Jarrod. Lo amaba hasta la locura. Y él había traicionado su amor.
– Claro que pertenecieron a Johnny Cash -protestó Lockie-. Y todavía las conservo -Jarrod dejó escapar una carcajada-. Es una pena que me queden un poco grandes. ¿Por qué no te las pones tú el viernes, Georgia?
– No pienso ponerme esas botas, Lockie, ni por ti ni por nadie -dijo Georgia, con firmeza.
– Vamos, Georgia, los focos del escenario harán brillar las espuelas.
– ¡Lockie! -Georgia puso cara de espanto.
– ¿El escenario? -Jarrod les dirigió una mirada interrogadora.
– Sí, cuando… -Lockie calló y se dio una dramática palmada en la frente-. Claro. No sabes que Georgia es la cantante del grupo.
Jarrod se puso serio y dirigió a Georgia una mirada de reproche.
– Pero yo creía que… ¿Cantas con el grupo de Lockie?
Georgia inclinó la cabeza. Tal y como había supuesto, Jarrod la censuraba. La forma en que apretaba la mandíbula y fruncía los labios eran la prueba que necesitaba.
