
– Eso parece -dijo Georgia-. Te aseguro que cuanto menos nos veamos mejor. Por si no lo sabes, el sentimiento es mutuo.
– ¿Tú crees?
– Desde luego -dijo Georgia con vehemencia.
– No estés tan segura, Georgia. Yo diría que sigue enamorado de ti.
– Eso es ridículo -Georgia negó al tiempo que en su interior crecía una esperanza traidora. ¿Sería verdad? ¿Acaso Jarrod…? ¡No! «No seas estúpida», se reprendió.
– No es ridículo. ¿Por qué le afecta tanto lo que le dices?
– ¿Qué te hace pensar que…?
– Vamos, Georgia -interrumpió Lockie-, tengo ojos. Sé cuando un hombre está pendiente de cada palabra de una mujer. Y también he sido testigo de las indirectas que le lanzas.
– Apenas he hablado con él.
– Lo sé. Y ésa es la mayor crueldad. Georgia, sé sincera contigo misma. Sigues enamorada de él y, sin embargo, quién sabe por qué, tal vez por un sentimiento de culpa, has decidido maltratarlo.
Georgia se puso en pie más enfadada con su hermano de lo que había estado en años.
– Eso es absurdo, Lockie. En primer lugar, no estoy enamorada de él, y, en segundo, te aseguro que no siento ninguna culpabilidad. No tienes ni idea de lo que pasó así que será mejor que te calles.
– Sé más de lo que…
– Eso es lo que tú te crees -Georgia alzó la voz y Lockie suspiró.
– Me da pena que dos personas a las que quiero se hagan daño entre sí.
– Yo sufrí todo lo que tenía que sufrir hace años. Ahora se ha acabado. Punto.
– Pues para Jarrod no.
– Ése es su problema.
– Georgia, dale un respiro.
– No, Lockie, no pienso consentir que ni Jarrod ni ninguna otra persona vuelva a hacerme daño -dijo Georgia, airada.
– ¿Hacerte daño? -exclamó Lockie-. ¡Por Dios, Georgia! Si puede perdonarte…
– ¿Perdonarme? ¿El qué? -Georgia gritó con voz aguda.
– Tú sabes el qué. No necesitas que te lo diga.
– Puede que necesite que me informes, Lockie, porque yo no lo sé. Pero ya que tú crees saberlo todo, por favor, ilumíname -dijo Georgia, sarcástica.
