– Jarrod no te ha visto todavía -continuó Lockie-, y cuando le dije que volverías sobre las nueve y media me dijo que pasaría a verte.

– ¿Y no se te ha ocurrido pensar que yo no quisiera verlo? -dijo Georgia.

– No puedes vivir en el pasado, hermanita. Cuatro años son mucho tiempo. Algún día tendrás que verlo.

Cuatro años atrás, Georgia juró que jamás volvería a verlo.

– Ha cambiado -continuó Lockie-. Parece mayor.

En ese momento oyeron el sonido de las ruedas de un coche sobre la gravilla del camino que accedía a la casa.

¡Georgia no podía soportar la idea de verlo! Una voz interior le dijo que había tenido cuatro años para recuperarse de su engaño y de su crueldad. Tomó aire.

– Aquí está -dijo Lockie, apretándole el brazo-. El pasado es el pasado, Georgia.

Ella asintió con resignación. Ojalá las palabras de Lockie fueran verdad.

– Supongo que tienes razón -accedió-. Y tenemos que recoger a Morgan. Ha sido una suerte que… Jarrod… -el nombre estuvo a punto de atragantársele-… estuviera de camino -concluyó, casi sin respiración.

Jarrod. Había dicho su nombre. Era la primera vez en cuatro años. Le sonaba extraño y sin embargo, era el nombre que mejor conocía.

¿Mejor? Georgia estuvo a punto de dejar escapar una carcajada. ¿En qué sentido lo conocía mejor? En todos, se dijo con dureza. ¿Cómo iba a olvidar el nombre, o a él? Jarrod. Jarrod Peter Maclean. El único hijo del tío Peter Maclean.

– ¿Georgia? -Lockie le tocó el hombro, sacándola de su estupor con un sobresalto.

– Sí. Vamos -dijo ella con suavidad, avanzando hacia el vestíbulo.

– Vamos -repitió Lockie, aliviado, abriendo la puerta al tiempo que una figura alta y corpulenta subía las escaleras de dos en dos.

– Hola, Lockie -saludó Jarrod con una sonrisa, sin darse cuenta de que Georgia estaba detrás de su hermano, como una estatua.

Georgia quiso moverse y enfrentarse a él, pero su cuerpo no respondió hasta que decidió hacerlo por su cuenta. Sus latidos se aceleraron, la sangre discurrió ardiendo por sus venas, sus manos ansiaron tocar a Jarrod, dibujar el perfil de su mentón, sentir la suavidad de su mejilla afeitada. Y sus labios quisieron probar una vez más los de él.



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