Mientras buscaba sus zapatos entre la lavanda y las rosas sintió no poder quedarse a agradecerle al hombre de ojos oscuros su caballerosidad. Por fin encontró el otro zapato y salió del macizo de rosas, ajena a las espinas que le arañaban los brazos y que se le enganchaban en el pelo.

En ese momento oyó a su padre hablando con el chófer.

– La señorita Emerald ha decidido quedarse unos días. Haga el favor de meter su coche en la cochera, Saunders.

«¡Qué maravilla!» Maldijo en voz baja mientras vaciaba los zapatos de tierra y se calzaba.

– A lo mejor se dejó las llaves dentro del coche, Brodie -oyó la voz impaciente de su padre cruzando la puerta de entrada y se arrimó aún más a la pared.

– Puede ser que se me hayan caído en el vestíbulo.

El nombre de Brodie sonaba bien y aquel bendito le estaba dando todavía más tiempo, distrayendo a su padre sin hacer caso del tono irritado con que éste le hablaba. Desgraciadamente, todos sus esfuerzos serían en vano: no había ningún sitio donde esconderse con rapidez y en unos momentos iba a ser descubierta y devuelta al cuarto de juegos de la manera más denigrante. No era que le importara mucho, pero el pobre Kit…

De todas formas, no pensaba darse por vencida sin luchar hasta el final. Le quedaban unos segundos para actuar antes de que los dos hombres aparecieran a la entrada y la descubrieran. Corrió hasta el BMW, rezando para que no estuviera cerrado. Abrió la puerta de atrás y se metió dentro, agradeciendo a la maravillosa ingeniería alemana que las puertas de sus coches se cerraran tan silenciosamente.

No sabía adonde iba su caballero errante, pero al menos iría a algún lugar lejos de su padre y de Lower Honeybourne. Confiaría en su misericordia y una vez llegados a la civilización, sólo tendría que hacer una llamada de teléfono para que uno de sus pretendientes corriera en su ayuda. Mientras tanto se acurrucó tras los asientos delanteros y se regocijó por su suerte.



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