Brodie sabía que debería haber avisado a su cliente de lo que estaba pasando detrás de él, pero algo le hizo detenerse. Quizá fuera aquel par de grandes ojos de mirada suplicante, las largas y deliciosas piernas enrolladas a la cañería, o a lo mejor aquel trozo de encaje que se asomaba bajo la falda remangada del vestido y que estuvo seguro de que era parte de unas braguitas blancas.

Fuera lo que fuera, le tomaría la palabra a Gerald Carlisle. Según le había dicho éste, Emerald Carlisle no era su problema. Cuando la chica le urgió con un gesto de la mano para que volviera a entrar en la casa con su padre, él no lo dudó. Se metió la mano distraídamente en el bolsillo de la americana y se volvió hacia las escaleras.

– Creo que me he dejado las llaves del coche en la mesa de su despacho, señor -dijo.

Carlisle lo miró impaciente.

– ¡Oh, por todos los santos! -exclamó irritado, pero siguió a Brodie a la casa.


Emerald a la que ya le latía el corazón con fuerza, se puso aún más nerviosa al ver a su padre. Pero en el mismo momento que su mirada se cruzó con la de aquel extraño de ojos negros, supo instintivamente que tenía a un aliado. Al verla no había pestañeado, ni movido un músculo de la cara, sino que se lo había pensado tranquilamente.

Podría habérselo dicho a su padre, o podría haberla ignorado y hacer como si no la hubiera visto. Pero cualquiera de esas dos opciones sólo se le habría ocurrido a un hombre sin imaginación. En cambio, el extraño de ojos oscuros le había ofrecido la oportunidad de escapar entreteniendo a su padre unos minutos más.

Aquella forma de reaccionar no se daba con tanta frecuencia, pensaba Emerald. El pobre Kit se hubiera puesto colorado y la habría delatado sin querer. Era un ser dulce y de increíble talento pero le faltaba decisión, y por eso era por lo que tenía que encontrarlo antes de que lo hiciera el esbirro enviado por su padre.



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