
Además, pensaba, si hubiera podido llegar hasta su propio coche no habría podido escapar. El chofer ocupaba unas habitaciones que había encima de la cochera y habría cerrado las cancelas electrónicas que daban entrada a la inmensa finca antes de llegar a ellas.
Brodie, en cambio, las atravesaría sin problemas y, ya que había sido cómplice de su escapada, no iba a darse la vuelta para devolverla a su casa cuando se incorporara.
Una vez que hubieran salido del parque, saldría de su escondite para agradecer a Brodie su ayuda. Al pensar en ello se le dibujó una sonrisa en los labios, segura de que ella y Brodie iban a hacer buenas migas.
Oyó el ruido de pasos, se abrió la puerta delantera del conductor y, por el hueco entre los dos asientos delanteros, vio que Brodie se sacaba las llaves del bolsillo antes de volverse a su padre.
– Parece que estaban sobre el asiento -le oyó decir con decisión-. Debe de ser que se me han caído antes.
Gerald Carlisle resopló impaciente ante tal expresión de incompetencia.
– Pensé que era usted el nuevo y prometedor fichaje de Hollingworth -y Emerald se quedó helada cuando añadió-. Sólo espero que pueda resolver este problema eficientemente; no quiero que lo eche a perder. Sobre todo, no deseo que esto aparezca en la prensa -dijo con vehemencia.
– Hablaré con Kit Fairfax -Brodie prometió-. Si es dinero lo que va buscando, será simplemente cuestión de discutirlo.
– Regatee todo lo que quiera. Todo lo que sea será poco si consigue apartar a mi hija de las fauces de un gandul que solamente va tras su dinero.
– ¿Y si de verdad está enamorado de la chica?
Gerald Carlisle emitió un sonido desdeñoso que Brodie siempre lo había catalogado como una pintoresca invención de los novelistas del XIX. En esos momentos se dio cuenta de que no era así.
