
En Honeybourne Park el aroma de las rosas había enmascarado el perfume de Emerald, pero dentro del coche había identificado aquel aroma que tenía grabado en la memoria.
– ¿Mi perfume? Oh, Dios mío, no se me había ocurrido. Creo que no sería una buena espía, ¿verdad? -no esperó su respuesta, sino que se sacó las media del sujetador, se quitó los zapatos y estirando una de sus larguísimas piernas, empezó a subirse la media de fino nilón, aparentemente ajena al efecto que todo aquello estaba teniendo en Brodie. La miró brevemente para luego volver a concentrarse en la carretera-. La verdad es que me ha encantado que se diera cuenta de mi presencia. Quería darle las gracias por no decir nada… -lo miró y le sonrió con encanto -cuando me vio bajando por la cañería.
– Debería haberlo hecho -dijo, algo bruscamente.
– Oh, no; se portó maravillosamente. Hoy en día es muy difícil conocer a un verdadero caballero errante.
– No soy un caballero errante -la avisó.
– No se subestime. Siento que mi padre le pidiera que se ocupara de Kit; estaba segura de que se lo encargaría a Hollingworth.
– No me ha elegido por gusto; Hollingworth está es Escocia diezmando la población de faisanes, junto con los otros tres que hubiera elegido antes que a mí.
– Vaya faena.
– Yo pensé lo mismo -dijo secamente-. Pero no se crea que, por haberme hecho el loco en casa de su padre y haber accedido a llevarla hasta Londres, voy a dejar de hacer mi trabajo. Mañana a primera hora llevaré a cabo las instrucciones de su padre.
– A primera hora no podrá.
– Le aseguro que suelo levantarme muy temprano -especialmente si era para llevar a cabo aquel cometido, que deseaba terminar cuanto antes.
– Si quiere hablar con Kit a esas horas va a tener que conducir durante toda la noche, ya que está en Francia.
La miró sorprendido.
