Pero aquel día de agosto, cuando Carlisle llamó pidiendo ayuda al despacho de Broadbent, Hollingworth y Maunsel, Tom era el único de los socios que estaba allí para atenderlo. Los demás habían hecho el equipaje y se habían marchado a los cotos de caza de sus clientes más aristocráticos. Se trataba de una tradición, y Broadbent, Hollingworth y Maunsel, como le recordaban a Tom continuamente, era una empresa tradicional cuyas prácticas incluían irse a cazar cientos de aves a mediados de agosto.

Gerald Carlisle no quería discutir su problema por teléfono por lo que Tom, muy a su pesar, tuvo que cancelar su cena con una encantadora abogada rubia platino con la que había tenido algún escarceo amoroso.

En esos momentos, con la suave luz del crepúsculo que tras los altos ventanales teñía el cielo de colores, estaba sentado en el estudio de paredes forradas de madera de Honeybourne Park, una impresionante casa solariega construida en piedra situada en medio de la vasta área de las verdes colinas de Cotswold, mientras Carlisle le explicaba la urgencia de su problema.

– Emerald siempre ha sido un poco difícil -le iba diciendo Carlisle-. Al quedarse sin madre tan pequeña…

A juzgar por el tono de voz que utilizó Carlisle, cualquiera se imaginaría que su mujer había fallecido de alguna extraña enfermedad en vez de abandonarlos por un atlético jugador de polo, dejando a su hija en manos de los cuidados de un batallón de niñeras. La verdad era que ella también había sido de armas tomar; incluso seguía siéndolo si uno creía los cotilleos de la prensa del corazón. Parecía que de tal palo, tal astilla.



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