– Comprendo su problema, señor Carlisle -dijo Tom totalmente inexpresivo, muy acostumbrado a no mostrar sus sentimientos-. Lo único que no entiendo es lo que quiere que haga yo al respecto.

Al oír la solución que le proponía aquel hombre y el papel que él tendría en ella, Brodie deseó que cualquier asunto urgente le hubiera hecho estar fuera del despacho aquel día.

– ¿Y su hija no se opondrá?-preguntó.

– No tiene que preocuparse por mi hija, Brodie; yo me ocuparé de ella. Todo lo que quiero que haga es que hable con ese gigoló y que averigüe cuánto me va a suponer sobornarlo.

¿Sobornarlo? Bajo aquella apariencia aristocrática, Gerald Carlisle era un mafioso, al menos eso le pareció a Brodie. No le gustaban las personas así y, por un momento, sintió una oleada de simpatía hacia la hija de Carlisle y hacia el joven con el que ella había dicho que quería casarse. Pero fue un sentimiento momentáneo, ya que no le cabía duda de que era una niña mimada a la que había que estar sacando continuamente de apuros.

Le entró la tentación de sugerirle que la dejara continuar con aquella relación y sufrir las consecuencias de su propia decisión, sólo por ver la cara que pondría Carlisle. Pero no daría resultado. Emerald Carlisle era la heredera de una antigua familia de rancio abolengo; lo sabía porque Broadbent, Hollingworth y Maunsel eran los que llevaban sus propiedades. O más bien era Hollingworth el que lo hacía personalmente, siendo un cliente tan especial. Incluso un hombre justo como Tom comprendía que no se podía permitir que un gigoló se enriqueciera a costa de uno de los clientes más importantes de Broadbent, Hollingworth y Maunsel.

Carlisle le pasó una carpeta.

– Aquí podrá encontrar todo lo que necesitará saber sobre Fairfax.

Tom abrió la carpeta y echó una mirada a la primera página. Se trataba de un informe de Kit Fairfax, realizado por un despacho de investigadores privados y, a juzgar por la cantidad de hojas que tenía, le pareció muy extenso. Se trataba de una empresa de confianza con la cual su propio despacho trabajaba cuando era necesario. Resultaba evidente que Hollingworth se la había recomendado a Carlisle.



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