
Echó un vistazo al resto de las hojas y se fijó en unas fotos en blanco y negro de un hombre de unos veintitantos años con el pelo largo hasta los hombros. Tenía una expresión ligeramente distraída, como si no fuera consciente de que había una chica guapa a su lado. Ella le había echado el brazo por la espalda y tenía la cabeza apoyada en el hombro del muchacho, aunque aquella foto le pareció extraña.
Tan extraña como que un hombre contratara a un investigador privado para vigilar a su propia hija sólo porque no le gustaba su novio.
A Brodie no le gustaba nada todo ese asunto, pero al cerrar la carpeta, decidió dejar a un lado sus prejuicios.
Gerald Carlisle estaba preocupado por su hija y, probablemente, tendría razones para estarlo. Sin duda, la muchacha sería el blanco de muchos cazadotes.
– ¿Y si Fairfax no se deja sobornar? -preguntó.
– Todo el mundo tiene un precio, Brodie. Inténtelo con cien mil; me parece una bonita suma.
No estaba mal, pensaba Brodie, aunque seguramente aquel tipo sabría que Emerald Carlisle valía millones, ¿no? Quizá no fuera tan ambicioso y se conformara con aquella suma. Pero, de alguna manera, aquel rostro de expresión soñadora no encajaba bien en aquel mundo de cinismo. Carlisle debió de intuir lo que estaba pensando Brodie porque añadió:
– Es una pena que Hollingworth esté fuera; él sabe muy bien lo que hace.
– ¿Ocurren estas cosas con frecuencia?
– Emerald es muy crédula y necesita que la proteja de personas sin escrúpulos que no harían más que aprovecharse de ella.
– Ya veo.
– Lo dudo mucho, Brodie -resopló como si tener a Emerald por hija fuera como cargar con un gran peso.
