Quizá había llegado el momento de dejar que su hija cometiera alguna equivocación que otra y, cuanto más la protegiera, más pesada se le haría la carga. Pero Carlisle no estaba por la labor de escuchar ese tipo de cosas y Tom no había ido allí a darle sus consejos.

– Confío en que usted resuelva esta situación con rapidez y sin crear problemas. Haga todo lo que tenga que hacer; Hollingworth…

– Estoy seguro de que el señor Hollingworth estaría encantado de volver de Escocia si usted prefiere que sea él el que lleve un asunto tan delicado -comentó Brodie rápidamente.

Su especialidad era el derecho empresarial y aquello de sobornar a un futuro marido inadecuado era nuevo para él. Ni que decir tenía que no le apetecía nada meterse en todo aquello, pero no había escapatoria.

– Eso que sugiere llevaría mucho tiempo. Quiero que resuelva este asunto con rapidez, antes de que Emerald haga algo de lo que después pueda arrepentirse. Usted es socio de Hollingworth y confío en que hará todo lo posible para evitar que mi hija se case con ese hombre.


Emerald Carlisle estaba que echaba humo. Por todos los santos, tenía casi veintitrés años y era muy capaz de tomar una decisión razonable acerca de lo que deseaba para el resto de su vida.

Pero no parecía tan preparada para anticiparse a la falta de consideración de su padre cuando se trataba de conseguir su propósito.

Agarró la manivela de la puerta con ambas manos y la zarandeó con rabia, pero no se abrió. Estaba cerrada con llave y, al mirar por el agujero, vio que la llave no estaba en la cerradura. Le dio una patada a la puerta, pero no sirvió de nada. ¿Cómo se atrevía su padre a encerrarla en el cuarto de los juguetes como si fuera uno de aquellos padres de la época victoriana? ¿Es que se creía que se iba a quedar allí sentada tranquilamente sin hacer nada?

Su padre sabía que no reaccionaría así, y por eso la había metido en el cuarto de los juguetes del segundo piso, cuyas ventanas estaban protegidas con barrotes.



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