
Corrió hasta la ventana al oír el ruido de un coche a la entrada de la casa y se estiró, agarrándose a los barrotes para poder ver con mayor facilidad.
Se trataba de un BMW negro que ella no reconocía y estaba aparcado tan pegado a la casa que no pudo ver bien al conductor cuando salió del coche. Consiguió alcanzar a ver una mata de cabello negro y espeso y un par de fornidos hombros al ponerse la americana. Le dio la impresión de que era un hombre alto, aunque era difícil asegurarlo desde donde estaba. Por el excelente corte del abrigo color gris marengo supo que, seguramente, se trataba de algún contacto de negocios de su padre, en cuyo caso no era la persona adecuada para pedirle ayuda. Se apartó un poco y suspiró impaciente.
Habría sido tan maravilloso que hubiera ido Kit a rescatarla en su destartalada camioneta blanca, como un moderno Quijote. Pero Kit no era como Don Quijote; Kit no tenía idea de lo que había pasado. No se había atrevido a contarle su plan, pues, de haberlo hecho, se habría quedado de una pieza.
Era una soñadora empedernida. A pesar de todos los problemas, él había guardado sus pinturas en una maleta y se había marchado al sur de Francia a pasar el verano. Al enterarse se había puesto hecha una furia, pero así al menos su padre no sabría dónde encontrarlo. Lo malo era que tenía que salir de allí antes de que lo hiciera o su maravilloso plan se iría al garete en un momento.
Había subestimado a su padre. Sabía a ciencia cierta que había ordenado que la vigilaran y fue eso lo que le había dado la idea en un principio. Sabía lo protector que era con ella y estaba segura de cuál sería su reacción al decirle que tenía planeado casarse con Kit…
Pero al final cometió el error mayor de todos y no hizo sino ponerle en guardia; claro que fue la única manera de llamar la atención de su padre. Contempló el delicado solitario de diamantes que llevaba en el dedo.
