
– ¡Ah! -gritó, dando rienda suelta a su frustración y pegándole un puñetazo a uno de los barrotes fijado al marco de la ventana para evitar que los niños pequeños se tiraran.
Al ver que se movía un poco se le olvidó el enfado y empezó a animarse. Miró a su alrededor para ver si podía encontrar algo con que arrancar los barrotes; pero en la habitación sólo había una cama, una cómoda y una silla pequeña. No encontró nada útil pero no por eso se dio por vencida. En vez de ello se volvió a la ventana y pegó un tirón aún más fuerte de los barrotes. Entonces se dio cuenta de que estaban bastante sueltos y, animada por el mismo espíritu emprendedor que le había metido en aquel lío, agarró la barra horizontal con las dos manos y le pegó un fuerte tirón. Se oyó el ruido de la madera astillándose y así volvió a zarandearla con todas sus fuerzas hasta que el marco de la ventana se rompió con un fuerte chasquido.
Lo contempló asombrada por un instante y luego se echó, a reír con ganas: el marco estaba podrido por la humedad de tantos años y nadie se había dado cuenta. Aquello no le extrañaba en absoluto, pues el temido cuarto de los niños no se había utilizado desde el tiempo en que su abuelo era un niño.
Sin embargo, Emerald no pasó mucho tiempo felicitándose por el éxito de su acción, a pesar de lo fácil que le resultó quitar el resto de los barrotes. La habitación estaba en el segundo piso y había una distancia bastante grande entre la ventana y el suelo de gravilla de la entrada.
Era una lástima haber perdido tanto tiempo en arreglarse para causar una buena impresión. En ese momento, unos vaqueros y un par de botas le hubieran resultado mucho más prácticos para bajar por la sólida cañería que el elegante vestido de lino y los zapatos de tacón alto que se había puesto para convencer a su padre de que era una persona seria.
Por tomarla tan en serio era por lo que él la había encerrado allí.
