Reconsideró el problema durante un momento y luego se quitó los zapatos para tirarlos por la ventana a un arriate de rosas que había abajo. Se quitó las medias y, como no tenía bolsillos, se las metió en el sujetador; cuando volviera a calzarse las necesitaría para que no le hicieran daño los zapatos.

El bolso se lo había dejado en el despacho de su padre cuando éste, haciendo caso omiso de su intención de casarse con un pintor sin un céntimo, le había pedido que le diera su opinión sobre unos juguetes antiguos que los obreros que reparaban el tejado se habían encontrado en las habitaciones del segundo piso.

Al terminar la carrera de bellas artes estuvo trabajando en una subasta, donde se aficionó mucho a los juguetes antiguos. Su padre se puso furioso cuando ella le dijo que quería trabajar, aunque fuera el tipo de trabajo que una rica heredera pudiera codiciar. Él quería que ella se quedara en casa para vigilarla hasta que le encontrara un marido apropiado.

Normalmente no era tan crédula con su padre, pero, al pensar en un montón de preciosos juguetes Victorianos esperándola, había entrado en el cuarto de juegos sin sospechar nada. Entonces fue cuando Gerald Carlisle pegó un portazo y cerró la puerta con llave.

Ni que decir tenía que allí no había ningún juguete, pues de haberlos habido, seguramente habría consultado a un experto antes que a su problemática hija.

Emerald se remangó la falda y pasó una pierna por el marco de la ventana.


– Espero que dentro de veinticuatro horas me diga que ha arreglado este asunto, Brodie -le iba diciendo Carlisle mientras bajaba con él por las escaleras-. No quiero retrasos.

– Ese es el tiempo que supongo me llevará.

Brodie pensó en decirle que los dos tortolitos podrían perfectamente haber huido ya a uno de esos lugares donde se puede arreglar una boda en un par de días, en cuyo caso sería ya demasiado tarde. Pero al llegar al final de las escaleras algo le hizo cambiar de opinión. Emerald Carlisle, con el vestido remangado, estaba encaramada de la cañería de plomo a unos siete metros a espaldas de Gerald Carlisle.



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