
Viniendo de cualquier otro habría sido una pregunta inocente. Todo el mundo sabía que Drew Hampton Tercero era un hombre tan desmañado para los negocios que la tienda estaba al borde de la bancarrota cuando Leigh la heredó. Su padre había dado mucho crédito ofreciendo una variedad de productos demasiado amplia sin llevar control sobre las ventas. Siempre había estado demasiado ocupado actuando como el terco alcalde de la ciudad como para tener éxito en su negocio. Leigh había conseguido sacarlo a flote en pocos años. No quería que Wade supiera los detalles de la incompetencia de su padre porque hubiera disfrutado. Después de todo, su padre le había amenazado si volvía a tocarla.
– Nos va bien. Pero dime, si no has entrado a comprar nada, ¿a qué has venido?
Wade dejó escapar una risa suave, carente de alegría. Su mirada hacía que se sintiera atrapada y desamparada.
– Ésa no es una manera muy amable de tratar a un vecino.
– Hace mucho que no somos vecinos.
– Tienes razón, pero tengo una proposición que hacerte. Como buenos vecinos.
Leigh frunció los labios y trató de no pensar en las evocaciones que habían despertado sus palabras intencionadas. La última vez que Wade le había hecho una proposición había olvidado todo recato y se había entregado a él sobre la hierba y bajo los magnolios. Si quería conservar la cordura no podía pensar en aquello.
– ¿Quieres cenar conmigo esta noche?
Leigh se quedó con la boca abierta. Su cerebro se negó a creer que había oído correctamente.
– ¿Qué has dicho?
– Sólo he preguntado si querías cenar conmigo. Estoy seguro de que ya lo has hecho alguna vez. Sí, toda esa rutina de un menú, platos, cubiertos, ya sabes.
Sus palabras sonaban a broma, pero su voz lo desmentía. Daba la sensación de estar ofendido.
– ¿En serio quieres cenar conmigo? -preguntó ella sin preocuparse por la falta de tacto.
