
– Sí.
Sólo había dos restaurantes en Kinley. Leigh conocía a los dos propietarios y se los imaginó observándola mientras ella trataba de relajarse en compañía de Wade.
– No creo que sea una buena idea. Sólo hay dos…
– No me refería a salir a un restaurante. Sé cocinar. Lo que te pregunto es si quieres venir a mi casa.
Leigh tragó saliva. La invitación empeoraba por momentos. No podía pretender en serio que ella pasara la velada a solas con él. Había demasiados recuerdos de sabor amargo, demasiada culpa entre los dos.
– ¿Por qué quieres cenar conmigo?
Wade sacudió la cabeza y miró al suelo. Era curioso pero parecía hacer verdaderos esfuerzos por dominarse.
– Cuando repasaba las pertenencias de mi madre encontré una carta para mí. Es lo más parecido a un testamento que dejó escrito y te menciona. Quería que te quedaras con algunas cosas. He pensado que esta noche sería una buena ocasión para entregártelas. Claro que si no quieres…
– Por supuesto que quiero -le atajó ella. Leigh se sintió molesta consigo misma por haber pensado siquiera por un segundo que él la invitaba con la intención de reanudar sus relaciones amorosas.
– Pero no tienes que prepararme cena. Pasaré por allí cuando acabe de trabajar.
– Tengo que comer -repuso él estoicamente-. No me importa preparar la cena para dos personas. ¿Qué te parece a las siete?
– Oye, Leigh. ¿Por qué no me dices dónde has metido la escoba? El almacén está bastante sucio.
Drew había aparecido por una puerta lateral. Si estaba sorprendido de ver a Wade lo ocultó muy bien.
– ¿Cómo te va, Wade? -preguntó Drew con lo que quería ser una sonrisa.
– Hola, Drew. Por mí no te entretengas. Ya me iba. Te veré a las siete, Leigh -dijo lanzándole una mirada retadora.
– A las siete -repitió ella con voz débil.
– Hasta luego y gracias por el café.
Los dos hermanos observaron cómo se marchaba. Ninguno de los dos habló durante un rato.
